viernes, 14 de abril de 2023

MI PRIMER CUENTO


Título: ALAS DE PAPEL
Seudónimo: yoai

¡¡¡¡Mamáááá!!!! ¡Deja ya de decirme que no me toque las orejas y de querer llevar todo el día un rollo de papel higiénico en la mano!
Iraia era una niña de 2 años, con una expresividad en la cara sobrenatural. Unos ojos grandes y llamativos de un color miel con toques verde bosque, y una sonrisa que alegraba a cualquier humano.
Iraia no dejaba de pensar porque todo el mundo la regañaba por llevar un rollo de papel higiénico por la calle. Había incluso quién se reía de ella llamándola cagona o por parecer publicitar un spot de alguna marca de papel higiénico. Pero a ella no le importaba, nadie comprendía que cada vez que tiraba un trozo de ese papel higiénico estaba construyendo sus alas de hada, para así poder escapar cuando los trols la perseguían.
Se tocaba constantemente las orejas ya que le picaban, un síntoma de que estaban creciendo por la parte de arriba de forma puntiaguda, pero de nuevo la gente solo percibía una niña que se tocaba las orejas porque tenía sueño.
Iraia sufría porque nadie podía ver lo que ella veía, y por lo tanto, se sentía incomprendida.
En la guardería sufría y se refugiaba en un rincón con su chupete, sin abrirse a nadie. Todos pensaban que era una niña muy introvertida y que le estaba costando mucho adaptarse, pero estaban muy equivocados.
Mientras todos los rollos de papel higiénico se iban amontonando en la estantería todas las mañanas cuando Iraia llegaba a la guardería y se lo arrebataban de los brazos. En esos momentos, empezaba el calvario para ella.
De entre los bosques aparecían esos feos y malvados trols que querían arrebatarla su luz mágica. Ella tenía miedo ya que solo podía huir de ellos volando con sus alas y refugiándose en las nubes, lugar dónde los trols no podían acceder.
Pero al quitarla todas las mañanas el rollo de papel higiénico sus alas dejaban de crecer y no tenían el tamaño suficiente para volar todavía.
Una mañana, mientras estaba escondida en la madriguera de un conejo, se le apareció un duende llamado Aimar. Los duendes eran unos seres entrañables que habitaban este bosque desde tiempos inmemoriables.
Ellos no temían a los trols ya que no corrían peligro. Para los trols los duendes eras unos seres repelentes que apestaban, por lo cual no eran apetecibles. Pero realmente era todo lo contrario, los duendes no apestaban, desprendían un olor embriagador, dulzón con toques florales, pero por cosas favorables del destino para los duendes, los trols repudiaban ese olor y por lo tanto ni se les acercaban.
Aimar empezó a hablar con Iraia, le dijo que la quería ayudar ya que todas las mañanas la veía sufrir  por intentar salvar su vida.
Le contó que en el interior de ese bosque, donde estaba la laguna, en la copa de un viejo almendro vivía una de las brujas más poderosas del mundo, que ella le podría ayudar.
Iraia se alegró y se adentró en la espesura del bosque acompañada de Aimar hasta que llegaron a un claro donde relucía una inmensa laguna llena de flamencos.
Mientras los observaban bañarse, un ruido sonó a sus espaldas. Se giraron rápidamente y se encontraron de frente con la mujer más hermosa que jamás habían visto.
Era una mujer de una belleza que casi dolía mirarla. Unos cabellos pelirrojos, rizados, le llegaban hasta la altura de las caderas, y sus ojos verdes como esmeraldas irradiaban mucha sabiduría. Su cabello estaba adornado por florecillas blancas silvestres y su vestido, del mismo color que sus ojos, le caía hasta cubrirla los pies.
La bruja, se acercó a Iraia y le dijo:
-          ¿Iraia que necesitas?
Iraia se quedó asombrada de que supiese su nombre. Pero rápidamente le contó su problema.
La bruja le dijo que podía ayudarle pero que le pediría algo a cambio. Si le ayudaba, Iraia tendría que comer todos los días chocolate, cuanto más mejor. Con cada trozo de chocolate que comiese, la belleza de la bruja crecería. Era así como se mantenía tan bella, cada vez que ayudaba a alguien hacían el mismo trato.
Iraia aceptó encantada.
La bruja sacó una varita de avellano adornada con brillantina de colores y estrellas de cristal. Agitándola dijo unas palabras mágicas y ante ellos apareció un chupete, pero no era uno cualquiera, era un chupete mágico. Cada vez que necesitara huir de los trols, debería introducirse en la boca, de esta manera, conseguiría convertirse invisible ante los ojos de ellos.
También le dijo, que ese hechizo sólo duraría hasta que consiguiese tener las alas completas y poder volar.
Iraia y Aimar regresaron saltando y cantando de felicidad.
Una vez en su zona del bosque, pararon de golpe al encontrarse de frente con el trol más feo y grande que jamás habían visto. Las piernas de Iraia comenzaron a temblar y sus dientes castañearon como si estuviera muerta de frío. Aimar, que no estaba asustado, cogió rápidamente el chupete que llevaba Iraia atado al cuello y se lo introdujo en la boca de ella. De inmediato desapareció a los ojos del trol, pero solo a los ojos del trol, el resto de seres vivientes del bosque sí que podían verla. En el rostro de Iraia brotó de golpe una sonrisa de oreja a oreja y sus piernas y dientes dejaron de temblar. Volvieron a saltar de felicidad.
Incluso, decidieron burlar un poco a ese malvado trol, por lo cual, jugaron un rato a ponerse y quitarse el chupete hasta desquiciarle los nervios. El trol dio un sonoro grito y se fue echando humo por la nariz del mal humor que le habían puesto. Cada vez que veía a Iraia y se abalanzaba sobre ella, era incapaz de atraparla, la niña rápidamente desaparecía y aparecía en otro lugar, por lo que el trol, alguna vez que otra, dio con sus hocicos en el suelo.
A la hora de comer en la guardería, las profesoras buscaron a Iraia. La encontraron en un rincón con su chupete y una sonrisa de oreja a oreja. Intentaron quitarla el chupete pero no lo consiguieron. Ella mandaría sobre su chupete y nadie se lo iba a quitar hasta que pudiera volar.
Ese día Iraia volvió feliz a su casa. Nada más llegar, cogió un rollo de papel higiénico del baño y siguió construyendo sus alas. Su madre al verla le entró la risa, le parecía divertido esa manía que tenía su hija. Pero su padre no era de la misma opinión.
Para merendar le pidió a su mamá chocolate. Tenía que agradar a la bruja para que no le quitara el chupete. Pero con un trozo no se conformaba y siempre pedía más y más. Por ese motivo la volvían a regañar. Se sentía muy impotente, nadie la comprendía.
Una tarde, Iraia cansada de que le arrebataran el papel tan de seguido y de que la regañaran por ponerse el chupete siempre, o por comer chocolate, o por tocarse tanto las orejas; intentó comunicarse con su madre como pudo.
Al ser una niña muy expresiva y gustarle mucho el teatro intentó recrearlo.
Primero encontró en un cuento imágenes de hadas y se las enseñó a su mamá. Después buscó unas alas de mariposa que su vecina le había regalado para su cumpleaños y se las situó en la espalda. Por último buscó un disfraz de princesa de esos que odiaba pero que en este momento la podía ayudar.
Se disfrazó con la ayuda de su madre. Y empezó a actuar. Cogió el rollo de papel higiénico y cubrió sus alas. A una de las ilustraciones de hadas del cuento les dibujó garabatos intentando hacer puntiagudas las orejas que allí aparecían y luego buscó imágenes de trols mientras ella los imitaba con gestos.
Su madre se estaba divirtiendo pero no entendía nada. Para ella solo era una manera de pasar amena la tarde por parte de su hija.
Iraia pidió chocolate y cogió una varita mágica del baúl de los juguetes, y puso ante los ojos de su madre los dos objetos más el chupete. Ella intentaba hablar coherentemente pero para los oídos de su madre solo eran palabras sueltas,  algunas de ellas imposibles de descifrar. Iraia cada vez se sentía más impotente aunque tranquila ya que por lo menos gracias al chupete su vida no corría peligro.
Esa noche pudo dormir tranquila y en la guardería se mostró más sociable con sus compañeros. Eso sí, siempre con el chupete en la boca. Pero por primera vez lo pasó bien, no tuvo miedo y pudo disfrutar de las cosas del mundo terrenal en el que estaba y no solo vivir en el mundo de fantasía al que pertenecía.
La noche siguiente, se fueron todos a dormir. Su madre empezó a soñar. Desde la tarde en que Iraia le había escenificado todo eso sobre las hadas algo le corría por la mente. Esa noche su subconsciente empezó a revelarle el porque de todas las cosas que hacía su hija, que aunque a ella no le resultaba extraño, a otras personas les parecía curiosas e incluso raras.
Soñó que su hija era un hada, que tenía unas alas preciosas, transparentes y brillantes con reflejos azules y dorados. Que iba saltando y cantando por un bosque junto a un duendecillo de cara sonriente. Y que de repente aparecía u feo y enorme trol  e Iraia batía las alas y subía velozmente hasta una nube, donde se sentaba a esperar a que se fuera el trol mientras el duende se sentaba encima de una flor y la saludaba.
Yaiza, que así era como se llamaba la madre de Iraia, se levantó sobresaltada por el sueño, le parecía todo tan real que empezaba a dudar. Se levantó y se fue a la cocina. Cogió un refresco de cola de la nevera, se lo sirvió en un vaso lleno de hielo con una rodaja de limón y se marchó al salón a pensar sobre el sueño. Se sentó en el sofá y empezó a darle vueltas en la cabeza.
Yaiza era una madre de 37 años. Sólo tenía a Iraia como hija y estaba encantada. De jovencita siempre fue una niña muy risueña de cabellos color oro y ojos azules como el mar. Con mucho carácter y personalidad. Muy soñadora. Le encantaban las historias de hadas y otros seres mágicos del bosque y siempre que pudo se disfrazaba de alguno de ellos. Como ese día que fue de unicornio con un cuerno en su frente y estaba superfeliz con sus alas aladas. A veces incluso pensó que era uno de ellos y creía mezclar fantasía con realidad. Según fue creciendo su imaginación fue menguando. La sociedad en la que vivía no le permitía soñar con fantasías.
Pero ese sueño, revivó algo dentro de ella. Su cabeza giraba y giraba. Le venían flashes de imágenes que no sabía si había vivido o soñado también. Las imágenes de un duende llamado Gaby no dejaban de aturdirla. Este duende moreno de ojos tan azules como los suyos no dejaba de sonreírla y decirla ven.
Yaiza cansada de intentar borrar esas imágenes de su mente dejó llevarse por la llamada de Gaby y apareció en el mismo bosque que había estado su hija.
De repente empezaron a picarle las orejas y al ir a rascárselas descubrió que las tenía más grandes y puntiagudas. Y unas hermosísimas alas también transparentes pero con reflejos verdes y naranjas aparecieron en su espalda. Empezó a acariciarlas. Tenían un tacto suave y algo húmedo pero muy agradable. Empezó a agitarlas y se elevó dos palmos del suelo. Estaba emocionadísima. Empezaba a recordar cosas. Todo esto le era familiar.
De repente, se escuchó un enorme estruendo y muchas pisadas. A lo lejos divisó unos ojos rojos llenos de ira. Era un enorme trol lleno de pelos. Se quedó paralizada, pero Gaby rápidamente la empujó y le dijo que volara hasta las nubes. Agitó las alas lo más rápido que pudo y enseguida alcanzó una nube mullidita, ideal para recostarse y ver ese hermoso bosque durante un rato allí en las alturas.
Cuando descendió, abrazó a Gaby que se quedó sorprendido. Le dijo que mientras observaba ese maravilloso paisaje había recordado todo; que ella era un hada, que tuvo que hacerse sus alas con papel de periódico y que también tuvo que acudir a por ayuda a la bruja del lago que a cambio de chocolate le regaló un chupete mágico que la hacía invisible. También recordó ese picor de orejas que tenía constantemente y que ella aliviaba echándose agua fría. Y así pudo entender que su hija también era un hada y que en lugar de papel de periódico como ella para construir sus alas, estaba utilizando papel higiénico.
A partir de ahora iba a ayudarla. No quería que como le pasó a ella la sociedad le arruinase su mundo de fantasía como había hecho con ella.
En cuanto Iraia despertó la abrazó y le dijo que ya sabía todo. Esperó a que Arturo, el padre de Iraia se marchara y avanzó sobre su plan.
Cogió todos los rollos de papel higiénico que había en la casa y entre las dos terminaron de fabricar las preciosas alas de Iraia que su madre había visto en su sueño.
Fueron a la nevera, se comieron una tableta entera de chocolate entre las dos y cogiendo el chupete de Iraia, cerraron los ojos y aparecieron en el bosque encantado, donde lucía el sol y las mariposas volaban de flor en flor. Debajo de una seta aparecieron Gaby y Aimar y les saludaron. Pero antes de seguir allí con ellos debían ir a visitar a la bruja del lago, devolverle el chupete y darle las gracias.
En cuanto llegaron a la casa del lago, llamaron a la puerta. La bruja les dijo que entraran y se sentaran junto a la chimenea. Obedecieron. Al instante apareció la bruja, estaba más bella que nunca gracias al chocolate que habían ingerido por la mañana Yaiza e Iraia. La entregaron el chupete y le dieron las gracias. La bruja les sonrió amablemente y le dijo que antes de irse quería contarles algo más.
Les contó que eran hadas por descendencia, que la madre de Yaiza también era hada, y la madre de la madre, y así de generación en generación, pero que viviendo en el mundo de los humanos al final siempre se acababan olvidándose de las raíces ya que eran mundos incompatibles.
Yaiza e Iraia iban a intentar no olvidarse de este mundo mágico, de sus verdaderas raíces ya que estando unidas iba a ser todo mucho más fácil.
Regresaron a su casa en el mundo humano llenas de felicidad y se dieron un capricho comiéndose un helado de yogur natural repleto de virutas de chocolate y nubecitas.
Cuando llegó Arturo a casa notó algo diferente en el ambiente. Se respiraba un aire a bosque y felicidad que le agradaba. Al entrar al salón se encontró a su mujer y a su hija disfrazadas de hadas con alas y varitas mágicas. Con la cara llena de purpurina y en el pelo diademas de margaritas. Junto a los pies tenían una ardilla.
Se acercaron a él, le pusieron unas orejas falsas de duende y un gorro verde puntiagudo. Los tres reían de felicidad y se pusieron a jugar. Le enseñaron a la ardilla Bisa y le dijeron que la habían encontrado en el parque y se la iban a quedar. Aceptó encantado, le encantaban los animales.
Desde ese día, todo en la casa de los Durango era felicidad. Iraia no volvió a utilizar el chupete. Los rollos de papel higiénico sólo estaban en el cuarto de baño y no desparramados por toda la casa, y ya no se agarraba las orejas; sólo cuando junto con su madre volaban a su hogar mágico y corrían entre árboles y setas y volaban a las nubes para huir de los trols.

Además, todas las tardes comían juntas chocolate.